Del discurso a los hechos

Frente a la disyuntiva electoral resuelta el pasado 8 de noviembre, entre ‘la menos peor’ y ‘el peor’, el resultado ha exacerbado los ánimos de éste y de aquel lado de la frontera norte. El señor Trump dividió a la sociedad estadounidense y ésta con el resto de las naciones representadas en las múltiples etnias en Los Estados Unidos.

El discurso del potencial presidente 45 de Los Estados Unidos, es, ha sido y, sin lugar a dudas, será incendiario, tal vez como un velo para no dejar entrever sus serias deficiencias como político y más aún como posible gobernante. Quizá ningún calificativo ha dejado de asignársele y tal vez, hasta habrá que acuñar algunos que resuman la clase de persona que aparenta ser y con el petate del muerto amenaza al mundo que no forma parte de su universo personal y empresarial.

Difícil es calificar como positivo para México que el republicano de ocasión haya ganado la contienda electoral, pero lo cierto es que ha sido bueno que pasara.

Con la Señora Hillary Clinton, las cosas, salvo algunos ajustes y reconsideraciones, seguirían casi igual, los que se han beneficiado de ambos lados, con el TLCAN, continuarán creciendo sus riquezas, más aún, mantendrían su zona de confort, con lo que se anclan al status quo y en consecuencia, la movilidad social o el ingreso de otros y otras naciones se mantendría al margen por la incompatibilidad con los intereses a ultranza que se defienden aquí y allá en la frontera norte.

Las políticas migratorias con ajustes mínimos mantendrían una situación semejante a la que se han vivido en los últimos años. Trump amenaza con deportar a 3 millones de delincuentes (así los llama él), en un escenario en el que Barack Obama ha deportado a 2.8 millones, no hay grandes diferencias; es más, se ha acusado al presidente demócrata de ser el que más deportaciones ha realizado durante sus periodos de gobierno. Los problemas migratorios en territorio “yanqui” llegaron para quedarse, están en sus raíces y no es posible acabar con ellos.

En múltiples ocasiones se ha hablado que cómo en otros países, sobre todo los que como México gozan de grandes riquezas naturales, de cara a las vicisitudes externas voltean hacia el mercado interior, hacia la población nativa, lo cual ha resultado una solución de corto plazo. No es nacionalismo exacerbado trabajar ahora más que nunca hacia el interior del país y de los mexicanos, alejarse del malinchismo y recuperar hacia el interior lo que nos es propio.

Las remesas que envían los connacionales al país, pueden y deben capitalizarse con estímulos de los gobiernos locales (municipales), estatales y del gobierno federal, si este año se logra, como se ha pronosticado a 26 mil millones de dólares, se puede multiplicar con programas como los que en otras ocasiones se han implementado duplicando o triplicando esos recursos para invertirse en territorio nacional.

El miedo, temor, pánico y todo lo que esto conlleva, son especulaciones ya que el señor Trump de consumarse su triunfo, tendrá actos de gobierno hasta el 20 de enero y la mayoría de estos tendrán que pasar por el Congreso.

El discurso es una herramienta muy efectiva en campañas electorales más aún cuando el objetivo es la más alta posición que se puede tener en un país, pero de éste a los hechos, hay una gran distancia. Prácticamente faltan dos meses para que sea investido como presidente, tiempo suficiente para mostrar el rechazo, repudio de millones de ciudadanos del mundo hacia el empresario que poco sabe de gobernar y que no debe ni puede espiar sus filias y fobias con cargo a la sociedad. Los grupos de interés de allá, acá y acullá, poco a poco han comenzado a mostrar sus inconformidades, por lo pronto, es tiempo de unidad, cautela e inteligencia para hacer frente al cambio obligado para hacer las cosas de manera diferente; con Hillary Clinton quedaríamos como hasta ahora, quizá un poco raspados, pero no más allá; ahora, con un desbocado empresario que desconoce de las más mínimas formas de la diplomacia, todo puede pasar si lo permitimos.

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